En la mañana de ayer tuvo lugar una nueva Aventura de los Fuggini, algo diezmados por la ausencia del auténtico timón de este barco que es Fito; a pesar de su ausencia por fiebre, nos atrevimos a pedalear con la mirada puesta en la población que íbamos a visitar (Chinchilla de Montearagón), madrugando un poquito menos que de costumbre.
Los primeros compases de la ruta se desarrollaron por la Carretera de Murcia, un poco encogidos por dos motivos, la fría mañana para nuestro uniforme (aún de verano) y la incontable cantidad de motocicletas de gran cilindrada que a esas horas circulaban a escasos metros de nosotros y que partían hacia Hellín para participar en un encuentro motero que abre las fiestas de la localidad del tambor. Más tranquilos tomamos la carretera del Parador y a pocos metros el camino (Cordel de Chinchilla) que nos llevaría hasta la población limítrofe. Este tramo nos abre una maravillosa vista hacia lo que en otro tiempo debió ser una amplia laguna, tierra fértil, muy húmeda, que recoge las aguas procedentes de los Altos de Chinchilla y la Sierra de Peñas (antesala de los sistemas PreBéticos). No es de extrañar que a pocos kilómetros se encuentre parajes como el Barranco de Escartana o el Pozo de la Peña, el Abrevadero de La Losilla y el Puente en la calzada romana Carthago Nova-Complutum.
El camino se empieza a poner dificil, está un poco pesado debido a las intensas lluvias de los últimos días y para mayor dificultad el agua ha arrastrado sedimentos y rocas hasta los márgenes del sendero, comenzamos a castigar al cuerpo acelerando la marcha con la alegría que nos regala la compañía de conejos, liebres, perdices, torcaces, ... y otras especies cinegéticas que abundan en esta zona. Ya con el Castillo de Chinchilla muy cerca ascendemos por un pista asfaltada primero y un camino seco después hasta la Cantera y desde allí nos lanzamos cuesta abajo hasta el Puente por donde pasa la línea de ferrocarril, lugar que guarda un hermoso encanto para la fotografía y para el almuerzo pues es precisamente aquí el sitio en el que decidimos detenernos para el cortar una tripa de chorizo y otra de salchichón con afilada navaja albaceteña (que no falte nunca en el campo, por lo que pueda pasar; usted ya me entiende).
La vuelta se hace muy rápida, es todo un descenso con buen firme si se opta (como hicimos nosotros) por seguir pegado a la autovía por un pista de asfalto y grava hasta el puente del Parador. Además la animada conversación sobre trabajo que mantenemos en esta parte del recorrido los Fuggini hace que estemos en Albacete en un abrir y cerrar de ojos. Llegamos a la ciudad con un total de casi 40 kilómetros recorridos y la sensación de haber disfrutado de una soleada mañana de bici y campo, rematada con una Mahou fresquita en casa de José Luis (gracias también a Elena por el jamoncete y el recibimiento).


